Por Carlos Oxté.

Sombrío amanecer de una Luna en cuarto menguante. Al vacío del cielo, bajo el deslumbrante destello de lluvia. La miro posarse al centro del abismo del recuerdo como el reloj marcando la hora. Aparece y sonríe a solas coqueteando al sinfín de luces que la abordan. Impávida aguarda la llegada del dorado que añora. Miro como el viento erosiona las horas y las hojas caen en ríos de olvido. Mientras lechuzas indiscretas miran el espectáculo del desdén.

- Hoy tampoco vendrá. El rojizo Zorzal susurra. Los grillos confirman la tragedia y la diana lentamente se aleja. Su brillo se opaca por cientos de celosas estrellas.

Un cándido destello se asoma por la horquilla del cielo. Radiante amanecer de un Sol en su máximo fulgor. El ausente comienza su exhibición.

-Ya llegó, ya llegó. El girasol brinca de emoción. El corazón de los asistentes a la obra da un vuelco sin control.

Miro al cielo, ella se ha ido. Se elevó hasta lo más alto para verlo y se desvaneció. El Sol flagrante y estoico se mantiene atento. - Hoy no regresará. La nerviosa lagartija exclama. El Astro está por quebrar, las nubes se tornan grises para su llanto cobijar. El dorado abandona el lugar. Ausencia de color en el techo, bajo el deslumbrante destello de lluvia, las estrellas entrometidas vuelven a fisgonear.

-Pero, ¿dónde está, que no la veo? Un murciélago pregunta. Y yo, sólo me río. Si él supiera que hoy es Luna Nueva sabría que hoy no vendrá.

El público abandona la sala. Es hora de dormir, mientras otros no lo harán.

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